viernes, 22 de junio de 2012

Un juego de grandes

Cuando tenía unos 10 o 12 años de edad, dejó por un lado las muñecas y se interesó por jugar a la interpretación de roles.

Junto a su hermana, pretendían que trabajaban como maestras, cada una en su respectiva escuela. Peleaban por ganar una lámina que separaba el patio del pasillo, pues en ella el yeso se deslizaba fácilmente. Ese pizarrón improvisado determinaba la colocación de los pupitres imaginarios para los alumnos invisibles.

Después de unas breves clases, las hermanas (que en el juego eran amigas) se reunían a tomar café como dos mujeres adultas. Dependiendo del día y de los ánimos de cada una, un bebé podía entrar en la escena. Eso agregaba cierto grado de dificultad que involucraba pañalera, llanto y sueño ficticio, por lo que interrumpir la junta de amigas era una opción pocas veces elegida.

Al terminar la sesión de chismes inocentes, cada una se dirigía a su casa de mentiras. Con una llave de plástico, que insertaban en algún agujero de la pared, abrían la puerta a su espacio imaginario. Ambas vivían solas. Ambas usaban carteritas, que adentro llevaban billeteras, que adentro tenían papeles rectangulares (recortados de periódicos y revistas).

Cuando tenía 22 años de edad, salió a convertir en realidad aquel juego de la infancia. Su hermana le ayudó a conseguir un apartamento de verdad.

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